Mostrando entradas con la etiqueta Amparo Carranza Vélez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amparo Carranza Vélez. Mostrar todas las entradas

Penumbras-Amparo Carranza Vélez










En las penumbras se dibuja una lágrima.

Se retuercen las manos buscando nombres.

Entre nudos de trapos.

Cae de rodillas aquélla silueta.

Busca un mapa en el suelo de su llanto.



No hay caminos certeros.

Ni pasajes venideros.

La vida es un laberíntico abanico

de posibilidades, fracasos y miedos.

Donde subsisten bullicios y minotauros hambrientos.



Todavía la confusión domina esa mente.

Cree que el peor final es la muerte,

pues solo le enseñaron a temerle.

Cuando en realidad la peor antagonista,

es la vida.



Y entonces escucha como un eco lejano.

Aquéllas palabras que nunca ha podido oír.

Esas palabras sanadoras, liberadoras.

Contenedoras de toda la dulzura existente.

Saberse que no es vano haber nacido, vivir.

Una silueta revolcada en la penumbra.

Sobre un suelo de inmundas lágrimas y saliva.

Viendo trozos de su cristal, esparcidos.

Manchas de vino salpicadas por todas partes.

¿O acaso será sangre?



Ella contempla correr fascinada y morbosa,

esos hilos oscuros que se dibujan un camino

en la penumbra.

Esos ríos rojos de sueños imposibles.

Ya imposibles de contener dentro.

La ira, el dolor y los demonios finalmente,

encontraron una grieta,

para salir.

Esos ríos,

la llevarán a navegar,

lejos de sí.

Finalmente,

dejar de existir.

Hijos de Nadie-Amparo Carranza Vélez

Se desangran en mí,
las horas lejos de la vida.
No poseo los rostros idos
para siempre.

Las manitas hambrientas.
El vientre abultado.
Las pestes que acechan.
Esas pequeñas almas vendidas.
Por nada, por nada, por nada.

Sólo han de encontrar.
El suelo sucio de cuna,
el hambre y el miedo de escoltas,
el abrazo incesante del frío.
¡Qué refugio más que una droga
que aplaque el dolor!

La ausencia de un futuro,
la inexistencia del origen.
No hay navidad, no hay cumpleaños.
No hay.

Sólo son constantes.
La falta de rumbo.
El estómago vacío.
Las manos sucias.
La violencia en la próxima esquina.
El abusador.
El sexo asesino.
La ropa desgarrada.
Los zapatos abiertos.
Los signos de los carteles, que no se pueden leer.
Esos centenares de rostros extraños,
que nunca miran,
apresurados,
se hacen los que no miran,
(cuando en verdad no sienten más que vergüenza).
Esos millones de seres vestidos de gris
que comen,
que trabajan y ahorran,
que venden, compran, consumen,
amontonan, despilfarran,
pierden egoístamente,
se auto compadecen,
educan, leen, enferman,
y mueren,
sin mirar, ni recordar,
que esos seres vagabundos,
a medio crecer,
vacíos de todo,
sin sueños,
sin amor de nadie,
con única pertenencia la calle,
la lluvia, la furia.
Aquellos tirados en las estaciones,
con la mano roñosa y abierta,
sin identidad,
sin historia,
sin nada material para robárseles,
eran también
sus propios hijos.